Twitter se pregunta cómo moderar los discursos políticos

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Parece que fue hace ya bastante cuando una horda de republicanos decidieron atacar al Capitolio. Aunque, en unos años tan extraños, parezca hasta sencillo olvidar eventos tan inusuales como este, en EEUU se le sigue dando vueltas. Y quizás nosotros no lo deberíamos olvidar tan fácilmente, porque aunque nuestras características socio-políticas son muy distintas, Twitter, Facebook y demás redes sociales tienen un impacto mundial.

Las redes sociales tienen la posibilidad de influir en el pensamiento en casi todos los países del mundo

No hace mucho se publicaba una noticia sobre el intento de Twitter de encuestar a sus usuarios en relación a cómo debería modular y moderar los discursos de políticos que violan sus normas. “Queremos escuchar si creen o no que los líderes mundiales deberían estar sujetos a las mismas reglas que otras personas en Twitter. Y, si un líder mundial viola una regla, qué tipo de acción para su aplicación es adecuada” aseguran en la compañía.

Y es que el debate está servido. En un mundo como el actual, en el que las redes sociales son una de las principales fuentes de información, formación y educación de la ciudadanía, el rol y el impacto que estas pueden tener sobre el comportamiento humano es grande; tan grande que probablemente aún no sabemos las consecuencias de esta relación. No obstante, la moderación que abanderan, por volver al ejemplo anterior, los demócratas de la Cámara de Congresos de EEUU, que defienden que estas redes sociales tienen responsabilidad en actos como el asalto al Capitolio, es defendido por muchos como censura.

Que una red social modere el discurso de un usuario puede ser calificado como censura

Y es que si lo pensamos fríamente, es difícil establecer un límite. Lo más interesante de estos medios sociales es poder compartir sin filtro. Sin el posible filtro de grandes intereses, lobbies, medios políticos. No obstante, siempre se deben tener ciertas líneas rojas. Líneas rojas que no se deberían sobrepasar.

El problema radica en quien determina dichos límites. ¿Es el CEO de Twitter el encargado de determinar qué discurso político es válido?

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